Mi padre Serafín, tiene 84, tiene muy buen aspecto físicamente, pero mentalmente está sufriendo la dureza del alzheimer.


Nació en un pueblo de la mancha en plena guerra civil, y por tanto tuvo una niñez sin educación y con la escasez propia de la posguerra.
Desde muy pequeño sus padres le pusieron a trabajar en el campo, al igual que a sus hermanos y nunca fue al colegio.
De adolescente tocaba en la banda del pueblo y aprendió a tocar la bandurria, lo que recordaba gratamente de aquella época.
onoció a mi madre (Ascensión) en alguna de las recolecciones del campo y pronto se hicieron novios a la edad de 14 años.
Los jóvenes no tenían futuro en el pueblo, así que se decidió a marchar a la capital a buscar trabajo, y a seguir a la novia que estaba sirviendo en Madrid (el amor lo puede todo).


Él nos contaba que una tía hermana de su padre le acogió en su chabola de Orcasitas y le ayudó a encontrar su primer trabajo. Nos contaba que cuando pudo disponer de dinero se compró un kilo de plátanos y fue la primera vez que su estómago quedó satisfecho.
Realizó el servicio militar y distintos trabajos, hasta encontrar el que fue su profesión en un taller de rectificación de motores.
uestro padre ha sido muy trabajador, y dado que los sueldos eran muy pequeños, se pluriempleó, repartiendo electrodomésticos. Estaba siempre trabajando desde la 6 de la mañana, hasta la noche que llegaba a casa agotado.
Gracias a esto, y al empleo de nuestra madre, nosotros sus hijos, hemos podido disfrutar, y tener la educación que ellos no tuvieron. Hemos estudiado en colegios privados hasta la universidad, y disfrutado de segunda vivienda en la sierra y en la playa, ¡¡hemos tenido una vida feliz junto a ellos!!

Anuestros padres nunca les hemos visto malgastar el dinero, y siempre les recordamos trabajando. Hasta tal punto, que mi marido me decía que el mejor regalo para mi padre era un saco de cemento. Siempre estaba mejorando alguna cosa en la casa, no podía parar quieto.
Cuando se jubilaron se fueron a vivir a la playa, pero desgraciadamente, la felicidad duró poco porque nuestra madre falleció al año.
A partir de entonces, ya no fue el mismo, aunque siempre parecía feliz y gracias a los amigos que tenía, siguió disfrutando de las pequeñas cosas, y también vivió en pareja unos cuantos años, aunque en un principio no nos gustó nada a los hijos, después comprendimos que era lo mejor para él.
oco a poco nos dimos cuenta que no estaba bien, sobre todo cuando se volvió a quedar sólo: perdía cosas; no tomaba la medicación; se equivocaba al cocinar en los ingredientes; se perdía cuando cogía el coche…
Por suerte, estuvo conforme de volver a Madrid, y después de unos años, de acuerdo en vivir en una residencia.
Lleva 7 años en una residencia, y aunque le notamos que a día de hoy no conserva la memoria actual, él sigue contento, y mantiene aún el cariño por la familia y disfruta de sus pequeñas rutinas.


Todo esto se ha frustrado desde hace ya tres semanas, debido al coronavirus que nos impide visitarle.
Le llamamos todos los días y notamos como está muy desorientado, debido a que tienen que estar confinados en la habitación para evitar contagios.
El otro día le notamos la garganta afónica y que respiraba mal, y ya nos pensábamos lo peor, debido al aluvión de malas noticias que están dando en los informativos sobre las residencias.
Afortunadamente, la doctora nos dijo le notaba bien, y de hecho parece que fue un catarro normal.
Esperemos que esta situación pase pronto, y podamos acompañar de nuevo a nuestro padre, para que el tiempo que le quede siga sintiéndose en su “mundo feliz”, y si algún día fallece estemos a su lado en todo momento. Porque lo triste para las personas que están falleciendo con el coronavirus, es la soledad en la enfermedad, y para las familias la ausencia del duelo, que les deja una sensación de vacío.
Queremos dar las gracias a la residencia La Aurora, porque sabemos que hacen todo lo posible por ayudar a nuestro padre.
Ánimo a todos los sanitarios, y gracias por la labor que están haciendo para que salgamos de este mal sueño.
